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El tenor del Teatro Argentino que es talabartero y ama vivir entre caballos

Sergio Spina nació en Los Toldos, vivió 15 años en Italia, cantó en el Colón y en teatros destacados del mundo. Actualmente reside en La Plata, pero su pasión está en muchos lados y oficios. El hilo invisible que une tradición, vocación y pasiones. Ésta es su historia

Alejandra Castillo

Alejandra Castillo
acastillo@eldia.com

5 de Enero de 2025 | 02:27
Edición impresa

Cuando conocemos a alguien le preguntamos su edad, a qué se dedica, qué gustos tiene. Podría decirse que todo eso, en el marco de un largo etcétera, define a una persona. Pero, ¿lo hace? Cuando se dice que alguien “es” médico, abogado, plomero, ¿es sólo o sobre todo eso?

Si con algo no comulga Sergio Spina es con las “etiquetas” o “nichos” que podrían encasillarlo como “cantante lírico del Teatro Argentino”, “talabartero” o “adiestrador de caballos”. Prefiere contar que nació en Los Toldos hace 57 años, que aprendió a cortar cebolla y a disfrutar de los artistas de la mano de su abuela María; que a los tres años supo lo que se sentía montar el lomo de un caballo y, a los 10, entender que si alguna vez tenía el suyo quería que muriera en su campo, a su lado.

Que el padre le contagió la pasión por esa confraternidad italiana en torno a la música que se comparte; su madre, el encanto de ver las manos deslizarse en un piano o en un telar y todos ellos la certeza de que la vida es un ratito demasiado corto, que vale la pena aprovechar. Ahora está dividido entre el campo y lo urbano, un poco saturado de “telones, maquillajes, dimes y diretes”.

Prefiere definirse como un “apasionado” por todo aquello que lo inspire o eleve. Cuenta que desde niño le gustaba la música, en buena parte por la influencia de su familia: “Había un piano en casa, por mi madre”. Su abuela, “el personaje más importante de mi vida, me marcó en la infancia porque me llevaba a ver a todos los artistas. Si venía Ariel Ramírez, ella era la primera en estar en la fila para ir a verlo conmigo”.

Su padre, calabrés, se reunía con sus ocho hermanos a cantar y a tocar la guitarra. “Le gustaba Gardel y siempre escuchaba ‘La hora italiana’ por Radio Junín”, recuerda Spina.

Un hilo invisible conecta a ese chiquito, en el medio del campo, con el tenor que canta en el Teatro Argentino, el Colón, La Scala de Milán, Tel Aviv, Ciudad Prohibida, Pekín. “Para mí la música siempre fue un escapismo o un refugio”, cuenta, “sobre todo la clásica, a la que considero la manifestación más sublime del ser humano. Te permite transmitir emociones con siete notas y un único interprete: el corazón. No necesitás saber de música, ni de dónde viene”. Sus dos referentes son Ludwig van Beethoven y Atahualpa Yupanqui, por ese “folclore que con un acorde nomás te hace viajar”.

Spina se mudó a La Plata en 1988 para estudiar veterinaria y también para cantar. “Conozco muchos colegas que han hecho esa carrera”, apunta, antes de jugar a reflexionar ligazones probables, como la musicalidad de los relinchos o ladridos. Quién sabe.

Lo cierto es que mientras cantaba en un coro llamado Antares, un amigo le sugirió que se presentara a un concurso de canzonettas napolitanas, que ganó sin haber estudiado y lo puso en la disyuntiva de optar por un camino. “Me arrepiento de no haberme recibido de veterinario porque es una carrera maravillosa, pero demanda mucho tiempo y cantar me permitió ser quien soy”, sopesa, convencido de que, en el balance, resultó “una buena elección”.

Después de dejar la carrera en tercer año, se dedicó de lleno a estudiar en el conservatorio Gilardo Gilardi y entró en el Teatro Argentino. La pasión por cantar ocupó entonces toda su vida.

Luego llegó el Colón y se radicó durante casi 15 años en Italia, entre Milán y Florencia, conociendo “gente y lugares maravillosos” y cantando “con y para los mejores”. Sin embargo, llegó un tiempo en que “extrañaba hasta el aire. Solo quería tener un avión que me trajera los fines de semana y me devolviera los lunes”, fantasía ciertamente irrealizable.

Regresó a Argentina en 2007: “Este país es complicado, muchas veces imposible de entender, pero no existe otro lugar en el mundo como éste, sobre todo si te parieron aquí”. Volvió a sumarse al Teatro Argentino, que para entonces ya funcionaba en la renovada sede de 51 entre 9 y 10. “Había cambiado todo”, recuerda quien hizo la mayor parte de su carrera en lo que era el Cine Gran Rocha”, alquilado durante el largo derrotero que atravesaron los elencos estables para mantenerse en actividad tras el incendio de 1977.

“Cambió la estructura, pero no deja de ser un referente. Es el teatro más antiguo del país”, destaca Spina, aunque esté convencido de que la magia de cualquier escenario trasciende la circunstancia del lugar.

“Cuando salís y estás solo, con la gente ahí, espectando por lo que va a pasar, por la emoción que va a sentir, la energía maravillosa, casi adictiva. Una adrenalina que te alimenta para transmitir algo que alguien escribió. Nosotros no cantamos, contamos, acompañados por una música maravillosa”, describe.

LA VUELTA AL PAGO

La vuelta al país lo reconectó también con Los Toldos y con aquel nene al que su abuelo Isidoro subió al lomo del caballo Pepe: “Fue una de las mejores cosas que hizo. Y es uno de los recuerdos más fuertes de mi infancia”, reconoce. Le propuso entonces a una tía ponerle a punto su campo, lo que le permitió tener su propio caballo. Ahora ya son siete: Colorado, Perla, Isabel, Mayo, Vicente, Lucero y Fidel.

“No los crío ni los adiestro, los disfruto, como tampoco se los amansa ni se los doma. Se camina a la par”, dice Sergio, mientras cuenta que “uno aprende de ellos y ellos de vos: hay que estar abierto para entenderlos, porque son como libros que necesitan tiempo; hay que esperarlos. El que se apura con los caballos pierde la carrera”.

De niño recuerda haber sufrido “una puntada en el corazón” al enterarse de la venta de aquel caballo que montó por primera vez. “En mi caso, el vínculo de confianza es sagrado y para siempre. Yo quiero que se mueran en mi campo”.

“No me gusta estar encasillado. La vida es corta y te da pocas chances de disfrutar”

El amor por estos animales lo conectó con otra pasión: la talabartería. Ya habíamos contado que la habilidad por las manualidades la heredó un poco de su madre, con el telar, otro poco de su padre, “mecánico e inventor”, y el resto del abuelo que le enseñó a hacer cajitas con maderas viejas, pero no fue hasta que tuvo la necesidad de conseguir un apero que cayó en la cuenta de que debía confeccionarlos él mismo. “Son standard y no todos los caballos son iguales”, explica. Entonces tomó un centímetro y después de muchas pruebas y errores hizo una a medida para que su yegua estuviera cómoda. Además, suma, “es gratificante ver a un animal bien vestido y arreglado con cuero y bronce, que es el mejor matrimonio de la naturaleza, por lo estético, funcional y duradero. Eso también es respeto a la tradición. Y la tradición es lo que permite saber de dónde partís y a dónde volvés”.

“Todo lo que el caballo lleva encima, yo lo realizo”, confirma Spina, ligando esto con algo que también lo implica, como es la trascendencia: “Lo que va a quedar. A los caballos, de alguna manera, también los hice yo a mi manera, compañeros de camino y de vida”.

Aunque es difícil rescatar algo positivo del encierro por la pandemia del Coronavirus, en el caso de Sergio lo ayudó a mejorar la técnica en talabartería, con práctica y estudio de bibliografía que se remonta a 1775. Cuando desarrolla esta pasión de artesano, escucha música clásica “o académica, como le dicen ahora. Me conecta con algo casi atávico”, admite. Sin embargo, cuando está con sus caballos, no canta, o lo hace “muy bajito”.

“Es tan mágica la relación que se genera con ellos, que ¿para qué romper el silencio”? Es más, agrega: “En la música el silencio es siempre más importante que todo lo que tenés que contar, porque anticipa la sensación de lo que viene”.

Fidel
Uno de mis caballos se llama Fidel. Cuando me lo dieron en custodia estaba prácticamente condenado, porque no ve de un ojo y me dijeron “no sirve”. Los caballos sirven para muchas cosas, pero sobre todo para ordenarnos la cabeza. Fidel es enorme, mide 1.70 de alzada. Cada vez que termino de trabajar, viene y me apoya la cabeza en el pecho. En silencio interpreto que me dice ‘gracias’.

 

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Sergio Spina tiene actualmente siete caballos en un campo de Los Toldos

Vino a La Plata a estudiar Veterinaria, pero terminó dedicándose al canto

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